Cartas desde Las Vegas

Por Juan Manuel Pastor

La mujer del diente de oro

Queridos todos:

Tras un viaje de casi 20 horas entre vuelo, escalas y demás transiciones aéreas llegué a la ciudad de promisión de este humilde siervo del Señor. He visitado ya unos cuantos lugares del orbe, y mi preferido es este; será porque me gusta la vaina del póker, que diría un amigo mío venezolano. He vuelto a The Palazzo, una maravilla de hotel a un precio que te da la risa si ves la habitación. Aunque bien pensado, a mí qué demonios me esta importando si yo me quedo sólo para dormir. No puedo disfrutar de los 60 metros cuadrados, con tres plasmas y fax...

Bueno, el caso es que, como siempre por estos lares, acudo raudo a la sala de póker del Venetian, y el paraíso del jugador se abre ante mis miopes ojos: mesas y más mesas abiertas las 24 horas del día y con límites y modalidades para todos los gustos. Además, una serie de torneos diarios con una estructura maravillosa y precios asequibles a cualquier bolsillo. Ciertamente, estoy aquí para jugar una serie de eventos de las World Series of Poker (WSOP), que se celebran en otro lugar, el Río, pero la atracción por el lado oscuro, las mesas de cash, es demasiado intensa (poner aquí música de La guerra de las galaxias). Siempre he creído que el mejor póker está en el cash game, sin factores externos que en cierta medida impulsan y amplifican el factor suerte, sobre todo a corto plazo, cosa que sucede en los torneos por su propio funcionamiento, en especial por la subida paulatina de ciegas. Emoción, a raudales y suerte, por arrobas. Pero me voy a dejar de teorizar, que poco o nada me gusta, y voy a contaros sucedidos de estas tierras.

Sabéis -en estas epístolas, en contra de mi costumbre, os trataré de tú- que sobre los descubridores de la tumba de Tutankamón, Howard Carter y su mentor, Lord Carnavon, cayó una maldición. Cuando al bueno de Howard se le ocurrió entrar en la estancia tapiada, conocida como tumba KV62, una leyenda maldecía a los que profanaran el lugar. A lo largo del tiempo, varios de los participantes en la expedición fueron muriendo en extrañas circunstancias. Yo sigo muriendo en extrañas circunstancias, llamadas "bad beat", cuando llevo dos ases en un torneo. Me apunto a uno de 2.000 dólares de entrada, con 500 participantes y más un cuarto de kilotón para el primero. Cuando quedamos casi 150 y tengo un poco menos de fichas que la media engancho American Airlines (dos asazos) en el botón. Subo antes de las cartas comunitarias, y la pequeña ciega me envida por un resto que es un poco más que el mío. Se trataba de una jugadora brasileña, practicante de voley playa. La señorita en cuestión tenía dos damas, entre otras muchas cosas bien puestas, y al bueno del crupier no se ocurre otra cosa que tirarle una escalera. Como siempre en estos casos, me voy hecho un puma y refunfuñando. Al menos perdí contra un bombón.

Pongo rumbo directo al cash. Y aquí, tocando la bola, como la Roja -¿cómo nos pudieron ganar los americanos?-, me resarzo y encuentro mi juego. Unas notas sobre la mesa y para vosotros: cuidado con los que llevan gorrilla, generalmente hacia atrás; ojito con los que lanzan las fichas con particular pericia y maestría; atención máxima a los de origen oriental y, por último, informaros de las reglas del lugar para no sufrir sorpresas.

Para terminar por hoy, en mi partida tenía a mi izquierda una chinita que tenía más fichas que los Juegos Reunidos, amén de un tacazo de billetes de 100 dólares (aquí se puede tener dinero en la mesa). Además del pelotón yanqui, éramos el menda lerenda, un suizo y un alemán. Pues bien, ella nos pregunta nuestro origen y saca esta conclusión: "Suiza, Rolex; España, zapatos; Alemania, coches". La criatura en cuestión lucía un diente de oro, un peluco del mismo metal y tenía no más de 25 años. Además, jugaba como los ángeles. Peló a la mitad. Mañana, más.

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