Cartas desde Las Vegas VI

Por Juan Manuel Pastor

Epitafio

"Aquí yace un pobre fish, cuidado que resbala". Algo por el estilo pondré en la lápida de mi tumba el día que quien quiera que sea me llame a su presencia, esperemos que no antes de haber liado alguna gorda por esos mundos de dios. El evento principal de las World Series of Poker (WSOP) ha sido un "pedacho" de torneo con una estructura increíble que me ha dejado un amargo regusto a bilis; una sensación a resaca de pacharán. Por primera vez en la historia y sin que sirva de precedente, contaré alguna de las manos en las que me he visto involucrado en el transcurso de las jornadas que duro mi andadura. Ya saben/sabéis que soy bastante reacio a contar batallitas del naipe, cual abuelo Cebolleta de tres al cuarto: "Los lanceros bengalíes se acercaron por la colina y, entonces, salió en el river un diamante y me...". Hay dos cosas que me ponen especialmente de malas pulgas -he querido decir hostia, perdón-. La primera es que me deseen "buena suerte". No me digas eso, ¡carajo! "Juega bien". "Dales duro". Deja la puñetera fortuna en un rincón y no la invoques. La otra es que me anden contando jugaditas. ¡Qué tostón! Y saben por qué. Porque no aporta nada. "¿Cómo?". Sí, nada. Me explico. El poker es cómo la química, dependiendo de la cantidad y de la mezcla sale una cosa u otra con las mismas sustancias. Hay que considerar todas las variables, y esto nunca se hace en el poker. Se cuentan como si dos más dos fueran cuatro; cual ciencia matemática. Y no es así. H2O es agua; pero H2O2 es agua oxigenada. Y las dos son hidrógeno más oxígeno.

"Tenía un as y un rey de tréboles y el tipo me vio con una dama y un cinco de diamantes, y le salió el cinco y me tumbó...". Preguntas antes de los lamentos: ¿Cuántas fichas tenías tú y cuántas él?; ¿era un jugador conservador o agresivo?; ¿cuál era tu posición en la mesa?; ¿y la suya?; ¿habías tenido algún encontronazo con él antes?; ¿habías hecho algún comentario en alguna mano en la que estaba envuelto?; ¿había recibido algún bad beat en alguna jugada anterior y estaba caliente?; ¿se levantó de la mesa por una llamada de teléfono y volvió descentrado?;... Estas son unas pocas cuestiones que se me ocurren a bote pronto. Hay muchísimas más. Todas pueden ser factores que modifiquen el resultado de la fórmula y el estudio de la mano. Las jugadas están envueltas en una serie de circunstancias, algunas de ellas intangibles, que escapan a nuestro control y salen fuera de toda lógica. Eso hace a cada jugada única. Ya el naipe es ilógico, cuanto con todo esto... Vamos ahora con las WSOP. Al tajo.

El primer día tuve un par de enganchones -favorables al menda lerenda- de dos ases contra dos reyes. En el primer nivel recibí los cohetes cuando llevaban transcurridos unos noventa minutos. Andaba yo en la gran ciega cuando María Maceiras sube under the gun a 300. Paga otro jugador, y yo resubo a 1.200. La galleguiña lanza hasta 4.000. Decido ponérselo clarinete y salvarle el pellejo envidando mi resto. Cualquiera que me conozca un mínimo sabe que en ese nivel con esas circunstancias si no tengo ases no hago eso ni con dos botellas de absenta en el body. Sabía casi con certeza absoluta que su mano eran dos reyes, y no me digan por qué tomé la decisión de no hacer daño. ¿Error? Sí, pero parece que sigo teniendo corazón. Pequeño, pero algo queda. Si me quedo al quiero y sale un flop bajo o similar pierde hasta el apellido. Un par de robos y una buena mano en la que engancho muchas fichas al pillar a uno con dieces y a otro, de nuevo, con reyes hacen que finalice el día con el doble de puntos de cómo lo empecé.

Llegamos a la segunda jornada y me colocaron con uno de mi generación, Amarillo Slim. Y aquí vino mi único "triunfo" en las WSOP: poner en la calle a un tío de 89 años. Una leyenda, eso sí, pero 89 tacos y de vuelta de casi todo. Victoria pírrica. La cosa fue como sigue. Llevaba varios niveles robando a mansalva cuando venía una mano subida y me encontraba en la ciega grande. En una de esas, Amarillo "limpea" en primera posición -solía hacer esto casi siempre- y le siguen otros dos jugadores. Cuando me llega el turno, aviso: "ya sabéis lo que toca ahora". Entonces, subo la mano cuatro veces el valor de la ciega grande; mas en esta ocasión con dos joticas. El único que me sigue es Amarillo Slim. Sale un flop con cartas pequeñas y paso, sabiendo que el tejano va a empujar sus fichas con cualquier mano si detecta una presunta debilidad por mi parte, ya que esto mismo lo había hecho varias veces con anterioridad. Lo previsto se produce y veo al instante. ¡Documentación, caballero!: as-nueve de diamantes, con dos diamantes en las tres primeras comunes. La verdad es que la cosa estaba más pareja de lo que yo imaginaba. Salen dos que no le sirven y lo dejo fuera. Dudoso honor. Se despide con un "take it easy, boys" y un gesto como si disparara a la mesa. Un personaje. El final del día fue dantesco; perdiendo todos los botes en los que me metí y, como colofón, 10-10 contra as-rey: me pincharon un as en el river. Acabo por debajo de la media y con malas sensaciones.

El día siguiente fue nefasto. Las veces que cogí una mano fuerte (en dos ocasiones, damas) me la volaron por los aires. Llegué agonizando al final del tercer nivel y me dieron as-jota de picas, con 24.000 puntos y las ciegas ¡800-1.600! Un tipo con 160.000 fichas pone hasta 4.000. ¿Qué hacer? Dado que el sujeto subía con cualquier carta y casi seguro que me pagaba antes del flop decido ver y, si aparece un as, una jota o un proyecto, ir con todo. Si no salen las mías, me quedo con 20.000 por detrás y un solo disparo, más bien tirito. El crupier coloca en la mesa 9-J-Q multicolor, y el canalla sube a 7.000. Envido mi resto y paga sin pensar un segundo. ¿Por qué? Porque tenía máxima: K-10. Punto final.

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