De la mano de Victor Calzado: ¡Maldito Darwin! El juego de los malos momentos

Se han requerido miles de años de evolución para conseguir convertirnos en máquinas perfectas para perder al poker. Siento desilusionaros pero la evolución, en su capacidad para construir relojes suizos desde la ceguera, no ha contribuido demasiado a que, como algunos aún piensan, hayamos nacido para esto.

De hecho salvo el pulgar opositor, que nos permite manejar el ratón, recoger las cartas, manejar las fichas y la capacidad para el aprendizaje característica de animales con el telencéfalo altamente desarrollado, no contamos con muchas más armas a nuestro favor para enfrentarnos al juego y a nuestros rivales.

Contando con el chasis de serie, sin añadir extras, nos encontramos con que estamos muy bien equipados para una gran cantidad de actividades rutinarias y previsibles pero no tan bien equipados para la tensión, la gestión del riesgo y la toma de decisiones en segundos.

Mi idea original era plantear la entrada desde el punto de vista de los instintos y de la influencia que tienen sobre nosotros en las mesas, pero resulta que estaba equivocado y que los mandamás de la psicología niegan que en nosotros exista siquiera el instinto de supervivencia.

Resulta que lo que se lleva desde hace más de un siglo es llamar a esos comportamientos "instintivos", relacionados muchos de ellos con nuestro sistema límbico -el cerebro de reptil que todos llevamos dentro- pulsiones.

Las pulsiones fueron introducidas en la psicología moderna por un tal Freud, que vino a decir de forma sencilla que estas pulsiones nos convierten en seres hedonistas, buscando siempre el placer y alejándonos todo lo posible del dolor.

Esto conecta perfectamente con el cierre que el gran Tommy Angelo, para mí una de las personas que más sabe sobre la psicología del poker, hace de su libro "Elements of Poker".

Angelo define el poker como el juego de "los malos momentos", un juego lleno de ellos:

- No siempre gana el mejor, y tenemos que aprender a convivir con ellos.

- Cuando perdemos no contamos con un sentimiento colectivo propio de los juegos de equipo que nos facilite asimilar estas derrotas.

- Las pérdidas suponen pérdidas de dinero y recursos que podríamos dedicar a otros menesteres, de ahí que sea importante no jugar al poker con el "dinero del día a día" sino con dinero extra.

Y otra gran cantidad de factores que en los malos momentos nos pueden alejar tanto de la felicidad que nos pueden acabar descolocando y convirtiendo nuestra vida en las mesas en un infierno de miseria que, además, puede acabar trasladándose fuera de ellas.

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Desde mi punto de vista personal, definiendo esto como mi propia opinión respecto a todo lo que he leído, escuchado y visto de otros, tenemos dos grandes enemigos que vienen de serie en todos los cerebros humanos y algunos de mono (menos risas, que me refiero al resto de primates).

Por un lado tenemos el ya citado sistema límbico que según el amigo Segismundo viene equipado de serie, con ira, frustración, desánimo, exaltación, pena, alegría, que unidos a nuestro ego, el super ego, alter ego e incluso a Betty Missiego nos hacen complicados pensar de forma racional.

Os recuerdo que el otro día vimos que un comportamiento racional es un comportamiento sensato, que recuerdo decíamos que era el saber tomar la elección correcta.

Perfecto, sólo se trata de olvidarnos de esto, encerrar a la lagartija en una caja y darle el poder a nuestro cerebro racional. Fácil, ¿no?

Pues no, porque por otro lado, nuestro cerebro "racional" viene muy poco racionalmente equipado, vivimos gobernados por una cantidad ingente de prejuicios y opiniones establecidas de serie o mediante el aprendizaje, orientados a buscar el placer con lo que tampoco nos facilitan enfrentarnos al juego de los malos momentos.

Y es que no todas las cosas que aprendemos son positivas o racionales. El repetir errores, el escuchar cosas incorrectas nos puede llevar a aprender e interiorizar comportamientos negativos mucho más peligrosos que los que nos condiciona la lagartija, porque estos a nuestro juicio, y por culpa de lo tramposo que es nuestro cerebro, son perfectamente racionales y apoyados por la realidad, la nuestra, algo totalmente subjetivo e influenciable.

Si a esto le añadimos que nuestras áreas de recompensa, y otras áreas cerebrales, se activan para mantener intacto nuestro sistema de creencias y valores, y hacernos por tanto contrarios al cambio y a la interpretación fuera de nuestros modelos de la realidad, acabamos topándonos de cabeza contra un muro. Un muro de prejuicios lo suficientemente calentito para que la lagartija que llevamos dentro se encuentre feliz a su calor y abrigo.

En nuestro sistema límbico se encuentran grabados a fuego dos "sentimientos" que son culpables de la variedad de "tilt" más conocida: la ira y la frustración. Cuando nos abrazan perdemos la capacidad de control y nos volvemos seres irracionales, controlados por la lagartija que somos.

Y es que perder una mano por un bad beat es algo difícil de digerir: alguien ha hecho algo que no es correcto. Además debería saber que no lo era. Y encima nosotros pagamos las consecuencias de ese acto equivocado.

Es injusto, se activa nuestro sistema límbico ante una situación de conflicto, le queremos hacer saber al rival que lo ha hecho mal y que ha tenido suerte y que no es justo. Su estupidez nos ha costado un gran bote. Bienvenido de nuevo al juego de los malos momentos.

No deja de ser curioso que contra toda lógica nuestro cerebro se vuelva en contra de las situaciones en las que el rival ha cometido un error mayor en el juego. Esas situaciones son las que, a la larga, serán más rentables para nosotros, pero como vimos la semana pasada a pesar de conocer la existencia de la ley de los grandes números nuestro cerebro se empeña en que se nos aplique la de los números pequeños.

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Supongo que estáis hartos de oír que caer en el resultadismo es letal para nuestras aspiraciones como jugadores, pues nada, lo seguiréis oyendo; es algo que hay que evitar a toda costa. Esto es igualmente cierto para las manifestaciones internas de una ira incontrolada, una de las variedades del tilt, y las externas: tomarla con el rival como si fuera realmente más culpable aún por ser tan malo.

Evolutivamente la ira surge como un sistema que, sin violencia física, nos permite influir en el comportamiento de los demás. Podríamos decir, con mucho cuidado por lo que supone, que es un nivel de agresión de "baja intensidad". Es mejor que pegar a alguien, cierto, pero es violencia al fin y al cabo, algo asqueroso y reprobable.

Se trata de un sistema para intentar establecer una reputación en el grupo. Si alguien nos hace algo dañino, sobre todo si lo hace haciendo algo incorrecto, le castigaremos, con lo que tienen que saber que somos unos tipos duros, en principio sin castigar a la tribu dañando de forma seria a uno de sus miembros. Algo totalmente inútil y negativo en el juego de los malos momentos.

Cuanto más racionales seamos menos ira nos producirán estas situaciones y, sobre todo, las tomaremos como algo posible dentro del mundo de la ciencia (probabilidad) y no como un hecho producido por el destino (como ser todopoderoso que sólo disfruta haciéndonos sufrir, el retorno del chino, próximamente en su cabeza gentileza de "el juego de los malos momentos").

La agresividad es buena en su justa medida. Ya hemos visto lo que sucede si somos demasiado agresivos, pero si lo somos poco podemos ser víctimas del miedo al fracaso.
Del miedo al fracaso, a equivocarnos, a los dioses, de la capacidad de nuestro cerebro de decir eso de "ya lo sabía" vienen errores que nos hacen foldear mal y sentirnos bien cuando algo "no esperado" sucede y nos habría perjudicado. De nuevo estamos ante resultadismo del peor, del que nos hace renunciar a situaciones claramente favorables y encima nos permite sentirnos como los reyes del juego.

Igualmente, el exceso de confianza nos hace tomar decisiones equivocadas: el examen me ha salido perfecto, y suspendemos; en el poker pagamos mal, foldeamos mal, arriesgamos de más, siempre convencidos de que hemos hecho lo correcto. Esto, unido a la peligrosa memoria selectiva, que no sólo nos hace olvidar las manos que jugamos mal y tenemos suerte, nos puede acabar haciendo jugar esas situaciones realmente mal, porque nos acordaremos de nuestras maravillosas jugadas fuera de la sensatez como si fueran movimientos de alguien tocado por la mano del mismísimo chino. La conclusión, pues unos kilos de nitroglicerina caducada al arsenal, ya estamos listos para ser la bomba en esto.

Lo que algunos llaman el instinto religioso también es muy negativo a la hora de afrontar el juego y sus consecuencias. La presencia de seres "superiores", el destino, nos permite escapar sin castigo. Todo lo que hacemos está bien hecho y lo malo es culpa de otros o de los "hados", cuando me va bien estoy haciendo lo correcto y cuando la cosa va mal siempre es culpa de otro, mal negocio.

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Lo que llamamos instinto de grupo, de pertenencia, de aceptación, nos puede llevar también a tomar malas decisiones influenciados por las malas decisiones de los demás, todo el mundo limpea, yo también. Si lo hace o lo dice tal o cual no puede estar mal, tú ya sabes cómo funciona esto, son capaces de... con lo que acabamos con un billete para el expreso con destino, efectivamente, con destino: la ciudad de los malos momentos, que va a hacer su salida hacia el abismo.

Como ya comentamos, las áreas de recompensa y castigo, siguiendo lo que nos contaba Freud, nos complican la vida, porque se activan, cuando no deben, muchas más veces de las que nos gustaría. Y nos hacen sentir bien cuando hemos hecho algo mal y sentirnos muy mal cuando hemos hecho lo correcto.

El resultadismo, como hemos visto, es un ejemplo muy claro. Subestimar a los rivales, asumir que siempre se equivocan, invocar a la suerte solo cuando perdemos y no considerar las veces que nos acompaña, son otros. Nuestro cerebro trabaja muy duro para hacernos sentir bien, muchas veces por razones equivocadas, trabajar nuestra capacidad de autocrítica, algo que me habréis leído miles de veces, es por tanto imprescindible.

Igualmente, cualquier cosa que nos permita aceptar los resultados y poder predecir y asumir las consecuencias de nuestros actos es algo positivo en lo que trabajar. Ser uno con la ley de los grandes números y marcarte objetivos que se puedan valorar más allá de los resultados puntuales, algo en lo que también soy repetitivo, es muy importante.

Dicen los amigos de rationalpoker.com que el poker es un buen entrenamiento para ser más racionales en nuestra vida, porque nos obliga a tomar decisiones importantes con mucha frecuencia. Como en la vida esas decisiones tienen consecuencias, a veces las esperamos a veces son totalmente inesperadas. Nuestros perjuicios y nuestras tendencias naturales definen la forma en que las afrontamos. Tomar la decisión correcta no siempre nos supone una gratificación y equivocarnos no trae asociado un castigo. En el juego de los malos momentos como en la vida los buenos y los malos a veces se entremezclan y se camuflan y nos complican distinguirlos.

Normalmente lo que nos hace perder al poker nos puede hacer fracasar en otras facetas. Comprender la causa de nuestros "fracasos" es la única forma de poder trabajar para minimizarlos, ya que es muy probable que no podamos evitarlos siempre.
Es una lucha constante con nuestro cerebro, con sus prejuicios, sus manías, sus esquemas mentales que nos hacen ver el mundo de una manera determinada, con cómo procesamos la nueva información y cómo la incorporamos a nuestros modelos de pensamiento.

El cerebro siempre intentará "engañarnos" para mantenernos en nuestra burbuja de seguridad y nuestro trabajo será evitar que nos engañe, es nuestro rival más duro a la hora de triunfar en el juego de los malos momentos.

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